La Rodaja de Limón
La Erótica en relatos, poesías, imágenes y música.
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Los amantes. Soneto de Baldomero Fernández Moreno.
Amantes.
Ved en sombras el cuarto, y en el lecho
desnudos, sonrosados, rozagantes,
el nudo vivo de los dos amantes
boca con boca y pecho contra pecho.
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Se hace más apretado el nudo estrecho,
bailotean los dedos delirantes,
suspéndese el aliento unos instantes…
y he aquí el nudo sexual deshecho.
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Un desorden de sábanas y almohadas,
dos pálidas cabezas despeinadas,
una suelta palabra indiferente,
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un poco de hambre, un poco de tristeza,
un infantil deseo de pureza
y un vago olor cualquiera en el ambiente.
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Baldomero Fernández Moreno (Buenos Aires, 1886-1950)
Bella imagen erótica.
La Erótica en las Artes Plásticas.
He hallado una bella imagen que quiero compartir con ustedes. Se trata de Per sempre, una acquaforte de Francis Holl (Londres, 1845-1888).
La podés ver en este enlace:
que es parte de esta página:
Encontrarás allí miles de imágenes de todo tipo, todas bellas.
Besos!
Por debajo de la mesa. Luismi.
Por debajo de la mesa
Bolero de Armando Manzanero.
Intérprete: Luis Miguel.
Responsable en Youtube: ezeposho
Por debajo de la mesa
acaricio tu rodilla
Y bebo sorbo a sorbo
tu mirada angelical
y respiro de tu boca
esa flor de maravilla
las alondras del deseo
cantan, vuelan, vienen, van
Muero por llevarte
al rincón de mi guarida
en donde escondo un beso
con matiz de una ilusión.
Se nos va acabando el trago
sin saber que es lo que hago
si contengo mis instintos
o jamás te dejo ir.
Y es que no sabes
lo que tu me haces sentir
si tu pudieras un minuto estar en mi
tal vez te fundirias
a esta hoguera de mi sangre
y vivirias aqui y yo abrazado a ti.
Y es que no sabes
lo que tú me haces sentir
que no hay momento
que yo pueda estar sin tí
me absorbes el espacio
y despacio me haces tuyo
muere el orgullo en mi
y es que no puedo estar sin ti.
Letra de Armando Manzanero.
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El amor. Julio Iglesias.
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¿Qué tal un clásico de las canciones de amor? ¿Por qué no? Escuchá a Julio Iglesias y después ves. Pero escuchalo. El amor. Un clásico. Un Julio Iglesias un poco más joven, una época… en fin… ¡el amor!
Julio Iglesias - El amor
Cargado por nico2oo6
Labios compartidos. Maná
Mana - Labios compartidos
Cargado por psyque
Si estoy debajo del vaivén de tus piernas
Si estoy hundido en un vaivén de caderas,
Esto es el cielo, es mi cielo.Amor fugado,
Me tomas, me dejas, me exprimes
Y me tiras a un lado ,
Te vas a otros cielos y regresas como los colibries
Me tienes como un perro a tus pies
Otra vez mi boca insensata,
Vuelve a caer en tu piel
Vuelve a mi tu boca y provoca,
Vuelvo a caer, de tus pechos en tus par de pies,
Labios compartidos, labios divididos, mi amor,
Yo no puedo compartir tus labios,
Que comparto el engaño,
Y comparto mis días,
Y el dolor,
Ya no puedo compartir tus labios,
Oh amor, oh amor..compartido
Amor mutante amigos
Con derecho y sin derecho de tenerte siempre ,
Y siempre tengo que esperar paciente,
El pedazo que me toca de ti ,
Relámpagos de alcohol
las voces solas lloran en el sol
mi boca en llamas torturada te desnudas
Ángel hada luego te vas.
Otra vez mi boca insensata,
Vuelve a caer en tu piel de miel
Vuelve a mi tu boca, duele ,
Vuelvo a caer de tus pechos en tus par de pies.
Labios compartidos , labios divididos mi amor ,
Yo no puedo compartir tus labios,
Que comparto el engaño
Y comparto mis días y el dolor,
Ya no puedo compartir tus labios,
Que me parta un rayo ,
Que me entierre el olvido, mi amor
Pero no puedo mas compartir tus labios ,
Compartir tus besos,
Labios compartidos
Te amo con toda mi fe sin medida
Te amo aunque estés compartida
Tus labios tienen el control.
Te amo con toda mi fe sin medida
Te amo aunque estés compartida
Y sigues tu con el control.
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Perfumes, o la primera vez de Juan.
Un relato erótico de Alfredo Arri (Theodoro).
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1
Juan cursaba el tercer año del colegio secundario. El colegio era uno suburbano, en un barrio de trabajadores del Oeste de la provincia de Buenos Aires. La división en la que cursaba Juan era una de unos veinte, entre chicos y chicas.
A esa altura de la adolescencia, las chicas eran aún unas chiquilinas cuyos escarceos sexuales con sus compañeros de curso eran más unos juegos cargados de una malicia inocente que otra cosa. Alguna destacaba, es cierto. Ya porque había desarrollado unas tetas de mujer a una edad prematura, ya porque vestían minis que les permitía hacerse fácilmente dueñas de las miradas de los compañeros, ya porque practicaran con esos mismos compañeros un lenguaje provocador. Estaban en ese ejercicio de atraer la atención de sus varones. Pero nada más allá de esos juegos. Algunas habían practicado el beso de lengua entre ellas, o ese otro juego de prodigarse mutuos roces, pero hasta ahí nada más. Estaban en la edad, para decirlo en forma sencilla, en la que se masturbaban con los peluches regalados por papá, o por alguna amiga en algún cumpleaños con piñata.
Algunos varones del curso, en cambio, estaban más cerca de poder presentarse en un baile con los modos de un joven en edad de merecer. Alguno que otro había sido repetidor en el colegio primario, otros, eran de los que debían trabajar y era común que un año dejaran el colegio para retomarlo al año siguiente. De este modo, había muchachos de dieciocho años en un curso en el que debieron estar a los quince. Juan era uno de ellos. Tenía diecisiete y portaba buena pinta. Era alto, bien parecido, simpático, entrador. Una profesora le había echado los galgos alguna vez, pero Juan, sin ser tímido, no era de los lanzados y no había sabido aprovechar la ocasión
En la primavera del año pasado, tras la muerte súbita del viejo titular de Contabilidad, apareció una nueva profesora para hacerse cargo de la asignatura. El día en que el director del colegio entró con ella en el aula para presentársela a los alumnos, éstos, varones y chicas, quedaron estupefactos por igual. La chica (pues se trataba de una joven de no más de veinticinco años), era de una belleza realmente fuera de lo común. Alta, rubia, de ojos claros, tez blanca, voz dulce, modos suaves y, por sobre todo, favorecida por Dios en la disposición de sus atributos de mujer.
La mañana cuando el director Fernández Cuello la presentó en el curso, Isabel -que tal se llamaba la nueva profesora- vestía un jean y una camisa sencilla; y calzaba unos zapatos de taco bajo. El pantalón le marcaba un culo perfecto, digno de una tapa de Paparazzi, o de alguna de esas revistas que tan recurrentemente utilizan culos y tetas de auténtica producción nacional para sus portadas.
Todos los alumnos quedaron con la boca abierta cuando la vieron por primera vez. Está bien que estaba esa circunstancia de que la nueva profesora se presentaba para reemplazar al viejo Bertoni quien hubo sido -Dios lo tenga en la gloria- un viejo quisquilloso que había sabido alterar el temple despreocupado de aquellos chicos. El contraste entre la joven tan sexy y el difunto cascarrabias era impactante. Pero más allá de eso, la profesora Martelli (tal apellido que convendremos aquí para Isabel) era de una belleza que provocaba de inmediato el pasmo en el varón y el recelo en las chicas.
-¡La puta madre.. ! -había dicho esa tarde Luisito Gálvez, con las formas de un susurro, ni bien la vio entrar al aula junto al dire, provocando la sonrisa de Juan, que estaba a su lado. Sobre todo cuando Gálvez remató esa expresión notoriamente admirativa con este hermoso énfasis-: ¡Pero la puta madre, qué culo!
Isabel, quien a esa edad ya sabía de sobra que su culo era la “manzana más deseada”, para decirlo a lo vergarabat, echó una mirada escrutadora sobre esa caterva de chicos y chicas en estado de tormenta hormonal mientras el director hablaba con sus ceremoniosos modos. Y esa mirada de pájaro que echó sobre el curso fue suficiente para que pudiera decirse para sus adentros, sin dudar un instante: “Pan comido.”
Martina, una rubita pecosa de ojos celestes, hija de un ucraniano que había arribado años atrás al país portando nada más que el hambre y un pedazo del muro de Berlín, miró a Lucía Martínez quien era, de lejos, la más bella del curso. La chiquita buscó en el rostro de Lucía una mueca que delatara el estado de ánimo de la “más linda” ante la llegada de la profe de Contabilidad. Buscó la mirada y la halló: era de desagrado.
Juan quedó deslumbrado desde el primer momento en que la vio y dos horas más tarde de que la profesora Martelli acabara su primera clase, el chico admitió que estaba embobado. Esa noche, en la soledad de su cuarto, quiso recomponer la imagen del culo de la nueva profesora en su mente, pero no pudo. Estaba aún embriagado por los residuos del perfume de la chica quien, en una de las
Poesía erótica: Erótico nro. 2 Mario Mendoza Orozco.

Ilustración: Desnudo femenino II, by
Diego Segura Carmona. Almería, España,
Ésta y otras obras del autor están en venta en: Artelista.
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Erótico nro. 2
por Mario Mendoza Orozco.
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Si tú me dieras esa flor que ocultas
entre la cárcel de tus muslos tersos.
Esa flor de recóndita fragancia,
de oscuro musgo y lujuriosos pétalos.
Si me dieras tu fuego más profundo,
tu caricia más intima, tus besos.
Si me dieras el vino que almacenas
Entre la doble luna de tus pechos.
Si me dieras tus pechos, blancos frutos
del árbol perfumado de tu cuerpo.
Si me dieras tu lengua sensitiva
y el aroma fogoso de tu aliento.
Si me dieras tu pelo, derramado
como una oscura flor sobre mi lecho.
Si me abrieras tu cuerpo, si me amaras,
Derramaría en ti todos mis versos.
Entonces venceríamos la muerte,
el miedo, el odio, el tedio y el silencio.
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Autor: Mario Mendoza Orozco.
Cartagena de Indias, Colombia, 1948.
Su sitio oficial: Mario Mendoza Orozco.
Alyssa Milano. El abrazo del vampiro.
Bellísima mujer, muy buena actriz, convincente en esta escena altamente erótica de “El abrazo del vampiro”, de 1994.
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Celebrities Sex
Cargado por pichas
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Voces: Pájaros, chicos, hombre y mujer.
Voces… Relato de amor y erotismo.
La playa estaba casi desierta. Extraño para ése día, hora y estado del tiempo. Ninguna festividad local había en Villa Emilia del Mar, ni siquiera en Emilia, como para imaginar que las personas de la villa y del poblado hubiesen resignado el paseo playero.
Era un domingo pleno de sol. El viento, habitante permanente de esas costas sureras, también estaba ausente. Hacía calor. Y sin embargo, la playa estaba casi desierta.
En algún momento le comenté a Marisa esa anomalía. Ella respondió con uno de esos casi rezongos que solemos regalar cuando estamos desinteresados en la noticia. Ahá. Hum. Algo así. Marisa era deliciosa cuando rezongaba giros tan estrictos.
Estaba echada sobre una loneta estampada con motivos infantiles, que nos había prestado el dueño de la casa que alquilábamos. “Llevelas, don Enrique, están limpitas”, me había dicho el tipo, diligente, cuando le dije que habíamos olvidado las nuestras y le pregunté donde podíamos comprar un par. “¡No!, por aquí, con esas cosas, lo revientan, don Enrique. Llevelas, nomás; están limpitas”.
El dueño de la casita de la calle nueve se había empeñado en anteponerme el don al nombre. El primer día le dije: dígame Enrique, nomás; o Quique, como todo el mundo. Pero el hombre nada: don Enrique. De todos modos yo no podía devolverle el tratamiento: Don Domingo me sonaba mal, y tratar de don a los hombres me parecía tan de poco gusto como estamparle el doña a las damas. Gracias, Domingo. Cuando volvamos de la playa se las regreso.
Y ahí estaba Marisa, echada sobre una caterva de personajes de cartoon, estúpidamente repetidos hasta el cansancio sobre una loneta de un azul oscuro desteñido de sol y de aguas duras.
Estaba boca abajo, con los brazos cruzados de forma tal que con ellos había improvisado el apoyo para la cabeza, que mantenía ladeada hacia el lado de donde le llegaban al rostro, a pleno, los rayos del sol. Moléculas de transpiración y de crema bronceadora rebrillaban sobre sus mejillas y sobre su generosa frente.
Nada más que de mirarle la comisura de los labios adiviné que estaba disfrutando de ese momento. Había soñado con ese paseo largos meses y el día que le dije: Negra, nos vamos a Villa Emilia por una semanita, se echó a mis brazos y me besó. Marisa amaba el mar; pero sobre todo amaba esa villa costeña de la provincia de Buenos Aires a la que habíamos arribado por primera vez, diez años atrás, de pura casualidad. “¿No te gustaría tener una casita aquí?”, me había preguntado entonces sabiendo, claro, que muy dificilmente podríamos alcanzar alguna vez ese sueño. Pero de todos modos pudimos regresar todos los años desde entonces, cada verano. Excepto el del 2001 que, como se sabe, fue un verano designado, por los chapuceros dioses de esta dolida patria, para otros ajetreos ajenos al turismo o al mero solaz de las gentes.
Villa Emilia del Mar no era un balneareo de aglomeraciones; pero nunca antes la habíamos visto tan despoblada de bañistas como esa tarde de febrero en la que el sol estaba a pleno, el viento ausente y el mar azul.
-Negra: desnudate… Toda, quiero decir.
Marisa hacía años que había perdido la capacidad de asombro cuando se trataba de mí. Un día me dijo que se resignaba; que había de recuperar su capacidad de sorprenderse cuando de mi boca saliera algo previsible; y, también, claro, que eso era lo que más le gustaba de mí. Así que ni mosqueó. Se desató el moño que, sobre la espalda, le sujetaba el corpiño de la bikini. Despojárselo y arrojarlo a un costado fue un solo acto.
-Sacame la bombacha. –Su voz no era la corriente, sino la otra, ésa que a me gustaba tanto.
Levantó un poco las caderas primero, los muslos y piernas después y los pies al final para que yo pudiera deslizarle la parte inferior de la bikini hasta alejarla definitivamente de su cuerpo. Después se acomodó de nuevo, en la misma posición que había mantenido durante la última hora, moviendo manifiestamente los glúteos, cuyas carnes tremolaron durante diez o veinte deliciosos segundos, graciosamente, al sol.
-Mari
-Si, ya sé; estoy buena de atrás; ya lo sé.
-No; sí, pero no era eso.
-Qué
-Apretá las cachas, mami.
Ella tensó los músculos de manera tal que los glúteos parecían querer sellar con un cataclismo el valle que los dividía; en el lance se le formaron pocitos sobre las carnes. Entonces posé sobre uno de esos montes redondos y cubiertos por una pelusilla, que los rayos de sol hacían rebrillar en ocres y amarillos, la palmada más fuerte que pude sacar de mis músculos del brazo.
-¡Ay!, la puta que te parió… ¿Qué te pasa? ¡Bruto! -¡Ésa voz; ésa voz!
-Nada, mi amor; es la señal para dar comienzo a una caricia. Cuando termine de acariciarte toda te daré otra palmada.
-¡Ni se te ocurra!.. Dolíó… sonso.
-Pues habrá otra. Qué vamos a hacer. Es la ley para esta caricia, la caricia de las dos nalgadas.
Marisa rió. Entonces comencé a acariciarla. Me acomodé sobre mi propia versión de personajes estúpidos en fondo azul, y comencé a acariciarle toda la superficie del cuerpo, desde las piernas hasta el cuello, en infinitas recorridas. Rectas a veces; sinuosas otras; saltando regiones algunas. Siempre con la suavidad que buscaba alcanzar el mínimo contacto entre los surcos de la piel de mis yemas y las puntas de las pelusillas de su piel. Como si un halo, y no la materia de la carne, peinara las infinitas y minúsculas brozas de su piel. De vez en cuando una caricia plena, a mano mordiente, sobre los flancos, presionando las regiones confinantes de sus senos; o, más morosamente, en la cara interior de los muslos.
-Hasta ahora la caricia de las dos nalgadas no se diferencia en nada a otras, ya conocidas. –La voz de Marisa descendió desde mi cerebro hacia la entrepierna, recorriéndome toda la espina dorsal.
-Bien dicho: “hasta ahora”. Porque partir de ahora dejaré de acariciarte con las manos. Esta caricia es con palabras.
El autoexilio del viento, la calma del mar, la ausencia de bañistas y las ansias de hombre y mujer hicieron prodigios; todo ello bastó para la composición del silencio profundo. Me eché sobre un costado, apoyando un codo sobre la arena. Con la mano libre, tomaba puñaditos de arena que luego soltaba sobre la piel de Marisa, sobre su espalda, cuello, brazos, con la levedad con que cae la arena de los relojes de sol. Estrechando al máximo posible la distancia entre las cabezas de ambos comencé mi suelta de suaves, dulces y, a la vez, resueltas palabras.
Mientras desplegaba mis disipadas invenciones con voz morosa y uniforme -como si con ello buscase que cada una de las vocales redondas rodaran sobre su piel- miraba los músculos del rostro de Marisa, para descubrir los mínimos gestos que cada una de mis oraciones provocaban en ella. Advertía los imperceptibles tics que seguían a ciertos sustantivos; los levísimos temblores de su barbilla que acompañaban la caída de ciertos verbos sobre su piel. No me resultaba difícil inventar historias de cama o de harem; menos aún improvisar largos rosarios de licensionas promesas.
Advertí que en mis entrepiernas faltaban espacios para los crecientes movimientos. El horizonte se dibujaba a mi vista; El sol declinaba con la misma fuerza cósmica con que comenzaba mi erección. La vista del cuerpo de Marisa sostenía el tono de mi voz.
En el cielo cercano chilló un pájaro. Dios sabrá su porqué.
Andrea era la empleada de Cuentas Corrientes. Marisa no la conocía más que de vista, de haberse cruzado con ella una par de ocasiones en el cuarto de las fotocopiadoras. Pero habían sido suficientes esos cruces para que Marisa, al refirse a ella, la llamara La Pendeja. El apelativo apuntaba menos a la edad de la chica, que acaso no llegaba a los veinte, que a una peligrosidad para las mujeres en pareja que sólo las mujeres en pareja advierten de una sola mirada. Bastaba que yo le contara: ¿Sabés que Andrea…? para que ella me interrumpiera para meter el bocadillo. “¡Ah, sí: la pendeja!”. Así era Andrea: atractiva congénita. Así era Marisa: una fiera para declarar alerta amarilla ante las mínimas amenazas a su amor.
Andrea había dicho algunas cosas muy cumplidas acerca de mí. Yo lo sabía porque el día que las hubo dicho, tres o cuatro vinieron inmediatamente a contarme. “Che, loco: ¿sabés lo que dijo la Andrea de vos?” Y sí, eran cosas muy cumplidas. Falsas muchas de ellas; pero eso no me importaba: no se trataba de que la niña acertara o no en su caracterización de mi personalidad. Se trataba de lo que ella creía. Así que yo las tomé todas, las ajustadas y las no ajustadas, como una caricia para el ego. No ignoraba el metamensaje, claro. Ella sabía muy bien que cualquier cosa que dijera acerca de alguien, ese alguien lo sabría a los minutos. Las empresas son asi: Infiernos grandes. Conventillos con computadoras y conventilleros decentemente ataviados. Así que no fue más que declarar su pintura de mí a mis espaldas para que yo me enterase a los pocos minutos.
De las cosas que había dicho me había de quedar grabada especialmente una: “cuarenta por ciento ángel, sesenta por ciento demonio”. Excactas palabras, según tres de las versiones que me llegaron. Una cuarta agregaba, a esos mismos pocentajes, este aderezo: “algo perverso.”
Muchas veces desde entonces había pensado acerca de ese episodio. Sobre todo en eso del desbalance, del levísimo desbalance a favor del demonio, o en menoscabo del ángel. Confieso que siempre me halagó esa caracterización de Andrea, de La Pendeja. Porque cuando me volvía a la cabeza esa creencia de la chica, sin disimulo ni complejo alguno, me sonreía para mí mismo, en complicidad con mi vena narcisa. Y ese tarde de playa, mientras mis palabras rodaban sensuales sobre toda la humanidad de Marisa, desnuda al sol, volvía a mi espíritu esa sonrisa interior.
El pájaro blanco, acaso enviado por Dios, repetía su chillido, en otro vuelo rasante sobre nuestros cuerpos al sol
Mis palabras, finalmente, arrastraron la voluntad de Marisa. En un momento mis dedos llegaron a rozar, al final de sus muslos, en el vértice de los vértices, la abrasadora mojadura de su sexo.
-Estás a punto de caramelo, mami
-Vamos a la casita, ¿sí?
La segunda de las nalgadas fue, naturalmente, suave. Menos una cachetada que un simulacro de tal. Marisa se vestió en un santiamén mientras yo recogía los bártulos. Ella sólo atinó a decir, con esa sonrisa que se acomoda sola en el rostro de quien muestra una seriedad conmovedora:
-¡Qué hijo de puta que sos!
Media hora más tarde, hacíamos el amor en la habitación de la casita de Domingo, entre los ecos de la bullangueras voces y gritos de los endemoniados chicos que jugaban en el parque.
Entonces sí, a la hora de hacer el amor, le tocó su turno de intervenir a la parte angélica de mi personalidad.
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Alfredo Arri. (Theodoro) 2007
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